On Friday August 15th, we celebrate the Solemnity of the Assumption of our Blessed Mother. It is a holy day of obligation, so Mass attendance is required of all Baptized Catholics.
At the Council of Chalcedon in 451, when bishops from throughout the Mediterranean world gathered in Constantinople, Emperor Marcian asked the Patriarch of Jerusalem to bring the relics of Mary to Constantinople to be enshrined in the capitol. The patriarch explained to the emperor that there were no relics of Mary in Jerusalem, that “Mary had died in the presence of the apostles; but her tomb, when opened later . . . was found empty and so the apostles concluded that the body was taken up into heaven.”
In the eighth century, St. John Damascene was known for giving sermons at the holy places in Jerusalem. At the Tomb of Mary, he expressed the belief of the Church on the meaning of the feast: “Although the body was duly buried, it did not remain in the state of death, neither was it dissolved by decay. . . . You were transferred to your heavenly home, O Lady, Queen and Mother of God in truth.”
All the feast days of Mary mark the great mysteries of her life and her part in the work of redemption. The central mystery of her life and person is her divine motherhood, celebrated both at Christmas and a week later (Jan. 1) on the feast of the Solemnity of Mary, Mother of God. The Immaculate Conception (Dec. 8) marks the preparation for that motherhood, so that she had the fullness of grace from the first moment of her existence, completely untouched by sin. Her whole being throbbed with divine life from the very beginning, readying her for the exalted role of mother of the Savior.
The Assumption completes God’s work in her since it was not fitting that the flesh that had given life to God himself should ever undergo corruption. The Assumption is God’s crowning of His work as Mary ends her earthly life and enters eternity. The feast turns our eyes in that direction, where we will follow when our earthly life is over.
The feast days of the Church are not just the commemoration of historical events; they do not look only to the past. They look to the present and to the future and give us an insight into our own relationship with God. The Assumption looks to eternity and gives us hope that we, too, will follow Our Lady when our life is ended.
In 1950, in the Apostolic Constitution Munificentissimus Deus, Pope Pius XII proclaimed the Assumption of Mary a dogma of the Catholic Church in these words: “The Immaculate Mother of God, the ever-virgin Mary, having completed the course of her earthly life, was assumed body and soul into heaven.”
With that, an ancient belief became Catholic doctrine and the Assumption was declared a truth revealed by God.
—Excerpted from Fr. Clifford Stevens in Catholic Heritage





El viernes 15 de agosto celebramos la Solemnidad de la Asunción de Nuestra Santísima Madre. Es un día de precepto, por lo que la asistencia a misa es obligatoria para todos los católicos bautizados.
En el Concilio de Calcedonia del año 451, cuando obispos de todo el mundo mediterráneo se reunieron en Constantinopla, el emperador Marciano pidió al Patriarca de Jerusalén que trajera las reliquias de María a Constantinopla para ser veneradas en la capital. El patriarca explicó al emperador que no había reliquias de María en Jerusalén, que «María había muerto en presencia de los apóstoles; pero su tumba, al abrirse posteriormente… se encontró vacía, por lo que los apóstoles concluyeron que el cuerpo había ascendido al cielo».
En el siglo VIII, San Juan Damasceno era conocido por dar sermones en los lugares santos de Jerusalén. En la Tumba de María, expresó la fe de la Iglesia sobre el significado de la fiesta: «Aunque el cuerpo fue debidamente sepultado, no permaneció en estado de muerte ni se disolvió por la descomposición… Fuiste trasladada a tu morada celestial, oh Señora, Reina y Madre de Dios en verdad».
Todas las festividades de María conmemoran los grandes misterios de su vida y su participación en la obra de la redención. El misterio central de su vida y persona es su maternidad divina, celebrada tanto en Navidad como una semana después (1 de enero), en la festividad de la Solemnidad de María, Madre de Dios. La Inmaculada Concepción (8 de diciembre) marca la preparación para esa maternidad, de modo que tuvo la plenitud de la gracia desde el primer momento de su existencia, completamente libre del pecado. Todo su ser palpitó de vida divina desde el principio, preparándola para el exaltado papel de madre del Salvador.
La Asunción culmina la obra de Dios en ella, ya que no era apropiado que la carne que dio vida a Dios mismo sufriera corrupción. La Asunción es la culminación de la obra de Dios al concluir María su vida terrenal y entrar en la eternidad. La fiesta dirige nuestra mirada hacia esa dirección, hacia donde la seguiremos cuando nuestra vida terrenal termine.
Las festividades de la Iglesia no son solo la conmemoración de acontecimientos históricos; no miran solo al pasado. Miran al presente y al futuro, y nos brindan una perspectiva de nuestra propia relación con Dios. La Asunción mira a la eternidad y nos da la esperanza de que también nosotros seguiremos a Nuestra Señora cuando nuestra vida llegue a su fin.
En 1950, en la Constitución Apostólica Munificentissimus Deus, el Papa Pío XII proclamó la Asunción de María como dogma de la Iglesia Católica con estas palabras: «La Inmaculada Madre de Dios, la siempre Virgen María, habiendo completado el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma al cielo». Con ello, una antigua creencia se convirtió en doctrina católica y la Asunción fue declarada una verdad revelada por Dios.
—Extracto del P. Clifford Stevens en Catholic Heritage